Cuando salía, las rocas me parecían gatos que se escondían.
Cuando volvía, confundía el atardecer con rocas incendiando el día.
Cuando doblaba las esquinas, confundía las sombras con reuniones clandestinas.
Cuando me perdía, los miedos me provocaban a la par ataques de pánico y fantasía.
Y ahora te pregunto y suspiro... ¿Como pretendías, con este trajín de confusiones, día a día, que no confundiera tus palabras con caricias, y tu mirada cómplice con una pasión desenfrenada como la que yo sentía?
domingo, 14 de noviembre de 2010
viernes, 14 de mayo de 2010
Silencio cómodo...
La mujer de la foto sonreía de una manera única, singularmente emocionada. Sus ojos brillantes, sin embargo, denotaban haber llorado poco antes. Y su expresión no disimulaba una fatiga extrema. A la derecha un muchacho frágil, recién licenciado, lucía el birrete sobre su cabeza descubierta, orgulloso de provocar tal alegría en su madre. Tardé dos semanas en descifrar la foto: El tiempo exacto que tardaron en anunciarme la muerte de mi compañero de graduación, Marcos, tras duros meses de quimioterapia y cuando ya estaba a punto de recuperarse. Siempre fue un chico muy callado, y yo nunca pregunté.
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sábado, 30 de enero de 2010
Difícil decisión
La respiración entrecortada se correspondía con los nueve grados bajo cero que inundaban la plaza roja. También, por supuesto, con la relevancia vital del momento. Las sillas dispuestas en círculo, no más de una docena, y los discursos aprendidos eran la única señal de que lo que allí ocurría estaba planeado desde hacía meses. En ese momento recitaba su carta Muntaner, un chico rubio de orígenes chipriotas, con visible emoción:
"No fue mi elección convertirme en un delincuente, como no fue elección mía que se murieran mis padres cuando sólo contaba con once años y una hermana que cuidar. Aprendí a sobrevivir de la chatarra sin complicaciones. Más pronto que tarde pasé al robo de vehículos. Conociendo a la gente adecuada, quizá la más inadecuada de todas, comencé a labrarme una carrera. No había salvación posible para mi, pero me empeñé en devolver al mundo lo que le quitaba con mis pequeños delitos: Pagaba el mejor colegio de la ciudad a mi hermana, acudía los domingos con lo que podía a ayudar al centro de menores abandonados, nunca probé una droga. Una vez escuché que se referían a mi como un auténtico gentleman de los suburbios. Seguramente fue un subterfugio muy simple éste para impresionarles a ustedes, tan acostumbrados a las cimas y los valles de la vida, pero a mi en ese momento me sirvió para olvidarme de mis obligaciones con Dios y con mi ética. Hasa que un día, todo se vino abajo: Fui condenado a tres años de prisión cuando apenas fui mayor de edad. Perdí el control sobre lo que pasaba más allá de los barrotes de mi celda. Y cuando tuve noticias, fueron terribles: Mis compañeros de fatiga se repartieron mis ahorros. Mi hermana se dedicaba a la prostitución para ganarse la vida. Mis únicas creencias se desvanecieron cuando me contaron que el cura Monseñor Romero había dejado la vicaria por falta de Fé. Y dos meses después, mi hermana fallecía a manos de un loco. Todo derrumbado de nuevo. Busqué un plan B: No existía. Supe ese mismo día que mi proyecto de vida había acabado. Nunca fui un luchador, todo lo que hice desde los once años fue instintivo. Así que entonces decidí seguir mi instino una vez más y dar todo por concluido. Mis últimos meses han sido una tortura psicológica infame, por inútil, un fluir de sangre mecánico, por no deseado, y un suspense apagado, por resultar el destino final inevitable. Hoy me despido sin poderles dar un ejemplo de existencia, sin poderles asegurar que me espere algo parecido a la salvación al otro lado, pero con la confianza de que no me juzguen y aprueben lo que voy a hacer estando ustedes en la misma situación."
Muntaner fue a la mesa y tomó el revólver. Segundos después, sólo quedaban siete personas en la plaza. Los aplausos, no más de diez segundos, y no demasiado sonoros, fueron su único velatorio hasta que el equipo de exhumación se llevó el cuerpo y dejó al resto de supervivientes mirándose entre sí en la plaza, inquietos por tomar la palabra. Sólo uno más se iría esta noche. El resto tendría que aguardar a la siguiente cita en Brasil. Así estaba acordado.
"No fue mi elección convertirme en un delincuente, como no fue elección mía que se murieran mis padres cuando sólo contaba con once años y una hermana que cuidar. Aprendí a sobrevivir de la chatarra sin complicaciones. Más pronto que tarde pasé al robo de vehículos. Conociendo a la gente adecuada, quizá la más inadecuada de todas, comencé a labrarme una carrera. No había salvación posible para mi, pero me empeñé en devolver al mundo lo que le quitaba con mis pequeños delitos: Pagaba el mejor colegio de la ciudad a mi hermana, acudía los domingos con lo que podía a ayudar al centro de menores abandonados, nunca probé una droga. Una vez escuché que se referían a mi como un auténtico gentleman de los suburbios. Seguramente fue un subterfugio muy simple éste para impresionarles a ustedes, tan acostumbrados a las cimas y los valles de la vida, pero a mi en ese momento me sirvió para olvidarme de mis obligaciones con Dios y con mi ética. Hasa que un día, todo se vino abajo: Fui condenado a tres años de prisión cuando apenas fui mayor de edad. Perdí el control sobre lo que pasaba más allá de los barrotes de mi celda. Y cuando tuve noticias, fueron terribles: Mis compañeros de fatiga se repartieron mis ahorros. Mi hermana se dedicaba a la prostitución para ganarse la vida. Mis únicas creencias se desvanecieron cuando me contaron que el cura Monseñor Romero había dejado la vicaria por falta de Fé. Y dos meses después, mi hermana fallecía a manos de un loco. Todo derrumbado de nuevo. Busqué un plan B: No existía. Supe ese mismo día que mi proyecto de vida había acabado. Nunca fui un luchador, todo lo que hice desde los once años fue instintivo. Así que entonces decidí seguir mi instino una vez más y dar todo por concluido. Mis últimos meses han sido una tortura psicológica infame, por inútil, un fluir de sangre mecánico, por no deseado, y un suspense apagado, por resultar el destino final inevitable. Hoy me despido sin poderles dar un ejemplo de existencia, sin poderles asegurar que me espere algo parecido a la salvación al otro lado, pero con la confianza de que no me juzguen y aprueben lo que voy a hacer estando ustedes en la misma situación."
Muntaner fue a la mesa y tomó el revólver. Segundos después, sólo quedaban siete personas en la plaza. Los aplausos, no más de diez segundos, y no demasiado sonoros, fueron su único velatorio hasta que el equipo de exhumación se llevó el cuerpo y dejó al resto de supervivientes mirándose entre sí en la plaza, inquietos por tomar la palabra. Sólo uno más se iría esta noche. El resto tendría que aguardar a la siguiente cita en Brasil. Así estaba acordado.
sábado, 16 de enero de 2010
Amores enredados
Matías se levanta antes de la cama y actualiza su estado en Twitter antes de preparar un desayuno para ambos:
Utopías marchitas por fin. Cuerpos fundidos. Rosas. Pasión.
Virginia sale después de su habitación para nunca volver. Una tostada y dos besos que no saben aún de su transcendencia. Tres días después Matías sufre al perder su alma gemela recibiendo un email. Apenas tiene fuerzas para elegir nuevas palabras y escribe en Twitter:
Rosas marchitas. Pasión fundida. Utopías. Fin.
Utopías marchitas por fin. Cuerpos fundidos. Rosas. Pasión.
Virginia sale después de su habitación para nunca volver. Una tostada y dos besos que no saben aún de su transcendencia. Tres días después Matías sufre al perder su alma gemela recibiendo un email. Apenas tiene fuerzas para elegir nuevas palabras y escribe en Twitter:
Rosas marchitas. Pasión fundida. Utopías. Fin.
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miércoles, 16 de diciembre de 2009
Acelerando...
No me digas que nunca aceleraste cuando un coche iba a adelantarte, porque de ser así, no duraremos demasiado... Sin más en lo demás, ando perdido en las alturas.
martes, 20 de octubre de 2009
Agachando la cabeza
Sin rumbo, cada vez más lejos del rastro que dejaban mis ideas de nuevo Bob Dylan, continúo agachando la cabeza. Peligra, además, la integridad: Descubres que cada día se te da mejor mentirte. Y por eso aún agachas más la cabeza. Miras el reloj y descubres que has echado a perder tu planificación de los dos próximos días. Y sólo por eso, aachas un poco más la cabeza. Sugieres con optimismo a los demás que persigan sus sueños. Y al darte cuenta de la antítesis que supone con los tuyos, agachas un poco más la cabeza.
Sé positivo, el día que vayan a partirte la cara, es muy probable que ni siquiera la puedan encontrar a este lado del horizonte.
Sé positivo, el día que vayan a partirte la cara, es muy probable que ni siquiera la puedan encontrar a este lado del horizonte.
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domingo, 18 de octubre de 2009
A vueltas con los focos
A veces nos negamos a admitir las derrotas, incluso aquellos que hacemos de la derrota y el fracaso un ideal de vida. Vagamos por ahi con la sensación de que todo lo corriente, cada pequeño acto, será una nueva decepción que añadir a nuestro baúl una vez que acabe al día. Nos creemos animales inadaptados ante las convenciones más formales. Pero hay algo que no soportamos: perder en algo que consideramos nuestro campo de batalla, nuestra identidad. Estoy seguro de que Sabina no se toma en serio las críticas de los que afirman que no sabe cantar. Él mismo no tiene reparos en admitir esa derrota que supone su voz gastada por excesos y defectos. Pero si algún día Sabina se encontrara de frente con la verdad, y la verdad le dijera que nada de lo que ha escrito vale diez centavos, sufriría una crisis de ego realmente seria. Porque es esa virtud la que condona la deuda de sus mil y un defectos. Porque tiene una parte de sí que es, sencillamente, intocable.
Yo he buscado en ciertas excusas la razón de mis pequeños fracasos. He explicado algunos, he justificado otros, y a la mayoría los he calificado de inevitables para conseguir llegar al final del camino en plenitud y con la lucidez necesaria. No he tenido problema en decir que en seis o siete millones de cosas me cambiaría por uno u otro. Me he arepentido de muchos de mis actos. He saboreado más veces la hiel y la cal que ningún manjar, aún a riesgo de envenenarme con alguno. Pero se me va acabando el tiempo, y con él la esencia de credibilidad, para encontrar razones por las que no me ilumina el foco. Caí de forma peligrosa en la rutina de repetir esquemas: Aposté por dejar caer al mar meses de creación, confiado en demostrar que todo lo anterior era inmejorable. ¿Quién podría tumbar mi verdad intocable?
Pero el foco no llega. Y Sabina últimamente no escribe nada decente. No es por nada Sabina, pero a los dos nos cerca el peligro. Yo empiezo a dudar de todo. Y cuando digo de todo no digo de ese todo en el que no me importaba salir derrotado por goleada. Mientras tanto, retomo enfoques inacabados y me hierve algo más de escritura desenfocada.
Yo he buscado en ciertas excusas la razón de mis pequeños fracasos. He explicado algunos, he justificado otros, y a la mayoría los he calificado de inevitables para conseguir llegar al final del camino en plenitud y con la lucidez necesaria. No he tenido problema en decir que en seis o siete millones de cosas me cambiaría por uno u otro. Me he arepentido de muchos de mis actos. He saboreado más veces la hiel y la cal que ningún manjar, aún a riesgo de envenenarme con alguno. Pero se me va acabando el tiempo, y con él la esencia de credibilidad, para encontrar razones por las que no me ilumina el foco. Caí de forma peligrosa en la rutina de repetir esquemas: Aposté por dejar caer al mar meses de creación, confiado en demostrar que todo lo anterior era inmejorable. ¿Quién podría tumbar mi verdad intocable?
Pero el foco no llega. Y Sabina últimamente no escribe nada decente. No es por nada Sabina, pero a los dos nos cerca el peligro. Yo empiezo a dudar de todo. Y cuando digo de todo no digo de ese todo en el que no me importaba salir derrotado por goleada. Mientras tanto, retomo enfoques inacabados y me hierve algo más de escritura desenfocada.
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