Hacía demasiado que no ponía una de aquellas canciones que agitan la conciencia sentimental de Viktor. Dado que la entrada con mayor popularidad del blog rendía cuentas con Paco Bello en una canción de este estilo, estoy seguro de contar con vuestra aprobación. Esperemos situar ahora donde se merece a Andrés Suarez con esta melancólica Números cardinales (a pesar de que existe una versión más conocida con Tontxu, creemos que se aprecia más su voz en las versiones en directo del tema). Sólo una puntualización: Si yo le dijera a algún amor imposible que nos quitáramos la ropa y leyéramos, seguramante mandarían detenerme (no sin parte de razón).
Uno fue la luna que dejaste en mi colchón, dos tus ojos.
Tres de cuatro barcos naufragaron en la forma de tus modos.
Cinco las mañanas esperando a que volvieras del trabajo.
Seis canciones llevo sin dejarte de querer y aún no he acabado.
Siete los hoteles que dejamos sin aliento, y menos solos.
Ocho vinos duelen al soñarte, equivocada en brazos de otro.
Nueve teclas grises de un piano de pared desafinado.
Cinco dedos con mis otros cinco te recuerdan demasiado.
Con todo para ti, nada a mi lado.
Si quieres, te ayudo a subir bolsas del mercado
Si quieres, hacemos el verano algo mas largo.
Si quieres, nos quitamos la ropa y leemos algo.
Que la luna siempre llena de tus besos.
Once taxis libres enfadados, mientras tú y yo de la mano.
Doce los reclutas que pasamos por tu campo concentrado.
Trece buena suerte si es que pasas sin maletas por mi barrio.
Y puede que el catorce de febrero se nos junte con los labios.
Con todo para tí nada a mi lado
Si quieres, toda canción de amor lleva tu nombre
Si quieres, decimos a Sabina que nos nombre.
Si quieres, buscamos en el cielo más razones
Que la luna es niña que juega y se esconde.
Si quieres, Si quieres...
Andrés Suarez. Números Cardinales.
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sábado, 18 de diciembre de 2010
domingo, 14 de noviembre de 2010
Confusiones y pareceres
Cuando salía, las rocas me parecían gatos que se escondían.
Cuando volvía, confundía el atardecer con rocas incendiando el día.
Cuando doblaba las esquinas, confundía las sombras con reuniones clandestinas.
Cuando me perdía, los miedos me provocaban a la par ataques de pánico y fantasía.
Y ahora te pregunto y suspiro... ¿Como pretendías, con este trajín de confusiones, día a día, que no confundiera tus palabras con caricias, y tu mirada cómplice con una pasión desenfrenada como la que yo sentía?
Cuando volvía, confundía el atardecer con rocas incendiando el día.
Cuando doblaba las esquinas, confundía las sombras con reuniones clandestinas.
Cuando me perdía, los miedos me provocaban a la par ataques de pánico y fantasía.
Y ahora te pregunto y suspiro... ¿Como pretendías, con este trajín de confusiones, día a día, que no confundiera tus palabras con caricias, y tu mirada cómplice con una pasión desenfrenada como la que yo sentía?
lunes, 22 de diciembre de 2008
Cómo decirte lo que no quiero...
Porque muchos se aterrorizarían si me oyeran decir lo que no quiero, dejo a Sabina que hable con voz firme, para que muera por mi y me conceda ante los ojos de los demás aún un halo de excelsa normalidad.
Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecínas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin tí.
No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas "volvamos a empezar";
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Contigo. Joaquín Sabina.
Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecínas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin tí.
No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas "volvamos a empezar";
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Contigo. Joaquín Sabina.
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sábado, 6 de septiembre de 2008
El sacrificio
No supe que aquello no lo provocaba hasta dos meses después de tomar esa decisión. De cualquier forma, ya había descubierto días después por otros medios que el sacrificio había sido inútil. No obstante, fue en ese preciso instante en que el presentador de aquel concurso mencionó que el chocolate no tenía ninguna relación con el acné (según numerosísimos estudios) cuando yo terminé de tener todo claro. De descubrir a mi manera la camara oculta de aquella broma que se había extendido ese verano. En resumidas cuentas, había decidido prescindir de las galletas, los barquillos, y esas tabletas excesivamente cargadas de chocolate diez días antes de que nos viéramos con la única intención de mostrar mi mejor semblante. Sacrificar ese exceso de fogosidad que me daban el azucar y el cacao para presentar una piel sin rasgo de materia grasa ni de granos inoportunos. Aceptar ese sacrificio era en realidad manifestar mi derrota vital: mi primera gran excepción a la regla de cuidarme de los demás y sentirme el centro del mundo. Luego supe, con los años, cuando las excepciones se fueron convirtiendo en reglas y las reglas en excepciones, que realizar esos sacrificios no era más que aceptar un estrato común en la categoría humana. Y que darse cuenta de que los sacrificios eran absurdos y no tenían ningún sentido, y por encima de todo ello seguir haciéndolos, era un signo de la mayor pasión humana que conocen por amor. Ese estúpido enemigo otrora.
Es imposible que ella lo hubiera notado. Tampoco era esa la intención manifiesta. Pero tal vez si hubiera conocido mi sacrificio habría sido distinto. Entiéndanlo, me moría por el chocolate (con almendras generalmente) después de cada comida: Rebanadas de pan con chocolate al desayunar, un trozo generoso de tarta de chocolate prefabricada después de almorzar, y unas galletas o barquillos con chocolate después de cenar, al calor de la estufa. Todo para llegar al día elegido, bordar las tradiciones de cualquier cita, y fracasar en el asalto. O más bien, decidir no jugarlo en el momento exacto en que los jueces mostraban una desventaja de 17 puntos entre mis sueños y los hechos.
De todas formas, si el camino vale de algo, durante esos diez días de sacrificio yo creí formar parte de algo importante. Y al fin y al cabo, son solo estudios los que dicen que el chocolate no provoca acné. E incluso, puede que ella se diera cuenta de forma inconsciente de todo. Dudo que diera una minima validez a lo primero si no deseara la segundo, pero eso no importaba ahora. Por eso, al recuperarme del impacto del descubrimiento, pude sonreir y seguir creyendo en lo que hacía. Ahi fuera seguía todo igual, y yo terminé con el paso de los minutos por seguir ensimismándome con cada nueva pregunta del concurso: Diciendo que no, que la capital de aquel país báltico nunca sería Varsovia, mientras tomaba tres onzas mal partidas de fondant.
Es imposible que ella lo hubiera notado. Tampoco era esa la intención manifiesta. Pero tal vez si hubiera conocido mi sacrificio habría sido distinto. Entiéndanlo, me moría por el chocolate (con almendras generalmente) después de cada comida: Rebanadas de pan con chocolate al desayunar, un trozo generoso de tarta de chocolate prefabricada después de almorzar, y unas galletas o barquillos con chocolate después de cenar, al calor de la estufa. Todo para llegar al día elegido, bordar las tradiciones de cualquier cita, y fracasar en el asalto. O más bien, decidir no jugarlo en el momento exacto en que los jueces mostraban una desventaja de 17 puntos entre mis sueños y los hechos.
De todas formas, si el camino vale de algo, durante esos diez días de sacrificio yo creí formar parte de algo importante. Y al fin y al cabo, son solo estudios los que dicen que el chocolate no provoca acné. E incluso, puede que ella se diera cuenta de forma inconsciente de todo. Dudo que diera una minima validez a lo primero si no deseara la segundo, pero eso no importaba ahora. Por eso, al recuperarme del impacto del descubrimiento, pude sonreir y seguir creyendo en lo que hacía. Ahi fuera seguía todo igual, y yo terminé con el paso de los minutos por seguir ensimismándome con cada nueva pregunta del concurso: Diciendo que no, que la capital de aquel país báltico nunca sería Varsovia, mientras tomaba tres onzas mal partidas de fondant.
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